A estas alturas ya nada importa.
No sé si realmente me estoy volviendo loco o si todo lo que me rodea
siempre ha sido así. Personalmente prefiero decantarme por la
primera opción porque la segunda resulta ser cuanto menos
inquietante.
Escucho voces en el silencio. Veo
sombras donde debería haber luz. Me atormenta pensar que cada vez
todo se hace más real, más cercano y familiar. Pronto estarán
aquí, esperando con parsimonia hasta que el último ápice de mi
cordura desaparezca. Entonces ya no seré yo, sino un cascarón vacío
donde tiempo atrás residía el alma de un ser insignificante. Pero
entonces no quedará siquiera eso. Nada, ninguna huella de esta
existencia ridícula y ese es en este momento mi mayor temor. El
desaparecer de la faz de la Tierra sin pena ni gloria. Habiendo
recorrido un camino artificial, una mera ilusión creada por alguien
o algo.
Y ese alguien o algo me persigue.
De a poco el mundo va perdiendo
color. Las formas se tornan manchas borrosas que dificultan mi
visión. Aunque antes de poder quejarme he perdido la vista; la
capacidad de habla y hasta incluso el poder de raciocinio del que
tanto me enorgullecía.
Todo eso está ahora en la
basura. Mancillado como mis ganas de vivir, como mis ganas de abrir
un día más los ojos y ver un mundo cuyo significado no se ha
convertido en una excusa para la hipocresía, el odio o la
desesperanza. Por aquel entonces todo parecía tan real, tan
auténtico... Y sin embargo se trataba de una burda y bien tramada
mentira.
Escucho el eco de los pasos
provenientes del pasillo. Se detienen frente a la puerta de mi
habitación y el descromado pomo de la puerta gira frenéticamente de
un lado al otro, sin llegar a abrirse, pero consiguiendo perturbar
mis pensamientos y apartarme de esta realidad para sumergirme en la
más absoluta negrura. Lugar en el que no queda espacio para la vida,
la muerte o la nada, sólo para mí.
De igual modo me resisto a
abandonar este mundo. Creo que aún no le ha llegado la hora a esta
existencia efímera. Creo que aún tengo mucho por hacer. No obstante
mis brazos y piernas pesan. Apenas logro moverme y a duras penas
consigo ponerme en pie. Sí, se trata de la primera victoria, pero
espero que no se trate de la última.
Avanzo arrastrando las
extremidades inferiores como si estuviera andando a través del
fango. En ocasiones me topo con obstáculos, pero con rapidez desvío
el rumbo y sigo avanzando. No hay luz o recompensa al final del
recorrido, sino que sigo avanzando gracias a la idea de que habrá
algo ahí fuera. Algo distinto cuyo significado devuelva el sentido a
esta existencia. Pero sigo avanzando, cargando una pena y un dolor
que son sólo míos.